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Por Guillermo Alfieri*
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Fecha:16/12/2016 10:54:00 
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Las noticias interesan mucho, poquito y nada. En singular, la reacción depende de quién la recibe. Leí que el general César Milani fue procesado y embargado, con la acusación de enriquecimiento ilícito sin pausa, asocié el suceso con las pendientes causas judiciales, que involucran al ex jefe militar con delitos de lesa humanidad. Vi a Samuel Gelblung incluir, en la narración de una frívola anécdota, la revelación de que se exilió para evitar el atentado criminal que, en su contra, proyectaba el poder militar de inmediato, busqué la documentación que colocara en duda la versión del periodista. Escuché que Kirk Douglas cumplió 100 años de edad sin esfuerzo, se puso en marcha el inasible mecanismo de recuerdos acerca de yo, espectador, ante la pantalla grande con las imágenes de Antesala del Infierno.

El general César Milani compró una vivienda de 450 metros cuadrados cubiertos, levantada en la zona residencial de San Isidro, en el norte del conurbano bonaerense. Declaró haber pagado 1,5 millones de pesos por la vivienda. Contó que en la reunión de fin de año de 2009, en su despacho de jefe del Ejército, brindó por la felicidad de los presentes y le agradeció a un camarada el préstamo de 200 mil dólares (cotizados por entonces en cuatro pesos cada uno) para realizar la inversión inmobiliaria. El resto del capital lo atribuyó a ahorro proveniente de su anterior sueldo como agregado militar en la embajada argentina en Perú.
Poco y nada le creyó el juez federal Daniel Rafecas al general Milani. Apoyado en informes contables de peritos de instituciones oficiales, sumados los de la Corte Suprema constatada la falsedad de operaciones financieras invocadas, y los confusos testimonios acerca del brindis festivo, el magistrado procesó al general Milani y al capitán Eduardo Enrique Barreiro (ambos retirados) bajo la carátula de enriquecimiento ilícito, de acuerdo a lo pautado por la ley impulsada por el presidente Arturo Illia, en 1963, que prevé hasta seis años de prisión para los funcionarios que ensucian los bolsillos con plata ajena. En la resolución, de 500 páginas, Eduardo Barreiro es caracterizado como testaferro de Milani. Sirve indicar que hay otro Barreiro, llamado Ernesto Guillermo, alias El Nabo, condenado por crímenes de lesa humanidad en Córdoba.
La debilísima versión de Milani sobre su patrimonio, se empareja con la que ofrece su actuación en el aparato represivo que procedió en La Rioja y se extendió a Tucumán, donde fue asesinado y desaparecido el trasladado conscripto Alberto Ledo. Milani sostiene que ignora lo ocurrido, pero está señalado como redactor del acta que atribuyó a Ledo la condición de desertor. Teniente en 1976, obvio partícipe en el terrorismo de Estado, César Milani hizo carrera y capaz que alió el horror con la corrupción, expresada en bolsos con dinero ingresado a su despacho por el insolvente Eduardo Barreiro, que disfruta de arresto domiciliado por violaciones a los derechos humanos en la ciudad de La Plata.

Mirar hacia atrás no está agotado, pero no se encuentra en auge, como elemento cultural de la época. Atento a la distracción colectiva, Samuel Gelblung aprovechó el espacio televisivo para ubicarse en el lado de las víctimas del terrorismo de Estado: afirmó que se exilió para evitar el atentado explosivo organizado en su contra por efectivos militares. Lo hizo sin que se desarrollara un tema que lo justificara, en una edición de fin de semana nocturno, con propósitos de entretenimiento. Si se trata de deslindar responsabilidades, corresponde reflotar la otra cara de la moneda. Con ese objetivo recurro a la nota de Eduardo Blaustein, editada en Decíamos (La Prensa Argentina bajo el Proceso) Ayer, en 1998.
Dice: “Samuel Gelblung, el periodista que al final del milenio pone un índice sobre su sien para dispararse Memoria, era jefe de redacción de la revista Gente cuando se produjo el golpe del 24 de marzo de 1976. Al año siguiente figuraba como subdirector. De nada sirve dirigirse a él para recordarle el comportamiento repulsivo que tuvo esa revista en los años de la dictadura (…) Cada vez que le preguntaron sobre su responsabilidad en la Gente de aquel entonces, Gelblung puso en funcionamiento el pseudomecanismo que oculta bajo la piel de la cara, para señalar que se hace responsable de todo lo que se publicó, a la vez que invitaba a debatirlo”.
No parece excesivo catalogar de caradura a Gelblung. Las revistas de la Editorial Atlántida entraron en cadena con el gobierno de facto. Gente desplazó a la bikini e instaló uniformes, celebró navidades con los comandantes, reclamó la represión extrema que desbordara a la ley, ponderó al equipo encabezado por José Alfredo Martínez de Hoz, que devastó la economía del país y cimentó la patria financiera. Gente era una de las publicaciones que ingresaba a las celdas de presos políticos, entre los que había periodistas, a la vez que aumentaba la nómina de desaparecidos. Es difícil tragarse la píldora discursiva fabricada por Samuel Gelblung, a 40 años del proceso del que fue complaciente vocero.

No tengo registro preciso de la primera vez que fui al cine. Mamá, Gloria, contaba que me llevó de muy pequeño, porque no tenía con quién dejarme en casa y no era cuestión de perderse el programa de los lunes, con tres películas nacionales, a cambio de una moneda que costaba la entrada. La cuestión es que allí se generó mi sostenida afición por el séptimo arte. Enterado de que Kirk Douglas es centenario, busqué datos de su vida y obra, por ser un actor ineludible, al margen de que no está en el podio de mis preferencias, por una personalidad que se trasmitió fuerte, por encima de la interpretación.
Kirk Douglas nació en Amsterdam, Nueva York, el 9 de diciembre de 1916. Su nombre real es Issur Danielovitch, nacido en el hogar de un inmigrante judío, oriundo de un territorio que hoy es Bielorrusia, y que pronto abandonó a la familia. Issur trabajó y estudió. Fue campeón de lucha libre universitario. Como Kirk Douglas debutó en el teatro en 1941. En sus iniciales pasos interpretó a un boxeador en Ídolo de Barro. Más adelante fue Espartaco y Vincent van Gogh, sheriff y bandido, rico e indigente. Siempre hombre de ideas de izquierda en la realidad. Dos esposas, muchas amantes. Cuatro hijos Michael con el legado artístico.
En tren de elegir un trabajo de Kirk Douglas, me quedo con el de comisario resentido de Antesala del Infierno, estrenada en Buenos Aires en 1952. Allí lo conocí, con la mirada febril y su clásico hoyuelo en la pera, en el casi excluyente escenario del recinto policial. Me gustaría hallar una copia de la película que aprecié varias veces, para reencontrarme con el Kirk Douglas de 35 años de edad y conmigo, espectador en el umbral de la juventud, sin que la nostalgia perturbe el buen momento.

*Periodista - Escritor
Publicado el 16 de diciembre de 2016

 
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